Ayer estuve en Mitla, Oaxaca. En zapoteco, su nombre significa «Lugar de los Muertos». Mientras el mundo corre por las compras de última hora y se refugia en el ruido festivo, yo estaba ahí, frente a la piedra ancestral, recibiendo una bofetada de realidad que no esperaba.
Un guía local soltó una frase que me desarmó: “Hay que cerrar los ojos para ver; hay que taparse los oídos para escuchar”.
Me quedé helado.
Llevo meses con los ojos abiertos de par en par, buscando desesperadamente mi próximo «título». Con los oídos aturdidos por el ruido de LinkedIn, los consejos financieros y la presión social de «estar fuera».
Mitla me recordó que estoy en medio de una muerte. Mi identidad como «empleado corporativo» murió hace unos meses. Pero en nuestra cultura, la muerte no es un punto final; es un portal. Abrazamos la muerte porque es la única forma de honrar la vida.
Este 24 de diciembre, mis lecciones son otras:
- La ceguera necesaria: Solo cuando se apagó la luz de la oficina (el sueldo, el estatus, el horario), pude ver de qué estoy hecho realmente. Cerré los ojos al mundo corporativo y empecé a ver mi propio proyecto.
- El silencio que grita: Tuve que dejar de escuchar las vacantes de otros para empezar a escuchar mi propia voz y la de los socios que hoy caminan conmigo.
- Morir para nacer: Hoy celebro mi derecho a dejar morir lo que ya no me servía, para darle vida a algo que trascienda.
Hoy no te deseo una «Feliz Navidad» de tarjeta de regalo. Te deseo una Navidad de Mitla. Te deseo el valor de cerrar los ojos para ver tu verdadero potencial y de taparte los oídos para escuchar tu voz interior. Que tengas la fuerza de dejar morir al profesional que ya no quieres ser, para que pueda nacer el que el 2026 está esperando.
Como me dijeron en la tierra del mezcal: Mi casa es tu casa. Pero hoy, mi casa es este silencio fértil donde estoy construyendo mi futuro.
Tómate un café conmigo y dime: ¿Qué parte de ti necesita morir hoy para que finalmente puedas nacer?